Archivado en la categoria ‘Preguntas y respuestas’
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Todo lo que necesitas saber, la pregunta que durante años y años han estado buscando los hombres y nunca nadie lo ha averiguado, como siempre yo os traigo la solución a la pregunta: ¿Qué mide 18 centímetros de largo y hace feliz a todas las mujeres?

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Muchas mercancías disponen de etiquetas en las que se indica el precio, número de artículo o alguna información sobre el fábricante. esto es interesante, pero no queremos seguir viéndolo constantemente en la parte inferior de un plato o de un florero nuevo. Es el eterno dilema: el fabricante prefiere un pegamento de larga vida, de modo que la etiqueta no se pueda caer antes de un tiempo, pero el consumidor querría poder deshacerse de ella sin que dejara restos. Con la adherencia se atraen las diversas moléculas. La cohesión se ocupa de la estabilidad y duración de la unión generada. Si se intenta quitar la etiqueta, triunfa la adherencia del pegamento, pero el papel cede y se puede eliminar, aunque queda una capa pegajosa que resulta poco atractiva. Antes de que se activara el pegamento existía un disolvente que lo impedía, pero al cabo del tiempo se habrá evaporado. El truco para quitar los restos de pegamento consiste en encontrar y aplicar el disolvente adecuado. Puede ser, por ejemplo, aceite comestible, esencia de corteza de naranja o un detergente. Hay que tener cuidado con el isopropanol contenido en los quitaesmaltes, pues aunque en algunos casos funciona muy bién como disolvente de algunos pegamentos, también pueden atacar las superficies lacadas o de plástico. Por eso, lo primero que hay que hacer es comprobar su efecto en un punto muy pequeño y que quede poco a la vista.
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Los conductores que van aislados en el interior de su vehículo, deben saber que a los lados y por detrás existen varios ángulos muertos. Es una forma de referirse a aquellas zonas que, a pesar de que utilicemos los retrovisores laterales y el exterior, no podemos ver. Muchas veces se infravalora la dimensión de la superficie afectada por los ángulos muertos, pero puede llegar a constituir el 38% de todo el vehículo. ¿Quiere eso decir que para evitar peligros a los demás conductores, y a nosotros mismos, no nos queda más remedio que torcer el cuello? No, algunos fabricantes de automóviles ofrecen una alternativa a base de espejos curvados. En los espejos se cumple la ley óptica de que el ángulo de incidencia de la lñuz es igual al ángulo de reflexión. Esto sugnifica que un espejo curvado hacia fuera (convexo) captura más luz del medio ambiente y la puede distribuir mejor. Por ese motivo, los espejos de los coches son convexos. Esto supone un efecto de reducción del tamaño de la imagen, lo que hace que al conductor tenga la sensación de que los coches que vienen detrás están más lejos de lo que parece. La industria trata de minimizar los peligros a base de tratar de reducir los ángulos muertos, pero a la vez hay que estar precavido sobre los efectos de la disminución del tamaño de las imagenes. Existen también pequeños espejos que se pueden colocar adicionalmente en los retrovisores exteriores y que permiten abarcar con la vista los ángulos muertos.
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Este post va dedicado a Cucoalmeria, que el otro día expuso un problema el cual tenían que averiguar sus lectores en los comentarios, mi señora lo intento y lo adivinó, solo le falto decir el nombre completo, pero ese es otro tema. Aprovechando que ya lo han hecho voy a intentar dar una explicación mas exhaustiva del problema, como es normal en este blog.
Cuando, después de bañarnos, quitamos el tapón de la bañera, observamos que, si no hay ningún obstáculo, el agua sale regularmente en forma de un remolino que gira en un cierto sentido. Está muy extendida la noción de que el sentido de giro del agua en el remolino que se forma es siempre el mismo, y que en el hemisferio Norte de la Tierra ese sentido de giro es contrario al que aparece en los lugares que se encuentran en el hemisferio Sur. El responsable de este fenómeno es la denominada “fuerza de Coriolis”, que debe su nombre, Gaspard Gustave de Coriolis (1972-1843). Dedujo que cualquier partícula que se mueve está sometida al influjo de la rotación de la Tierra, y se desvía hacia la izquierda en el hemisferio Sur y la derecha en el hemisferio Norte. Se puede observar en el viento y también en el agua. Lo que se observa en una bañera tiene una pega: la superficie es tan pequeña que la fuerza de Coriolis acaba por imponerse. El impulso que se da al agua con la mano cuando quitamos el tapón, o incluso los pelos que pudiera haber en la bañera, ejercen presión sobre la corriente de desagüe, y pueden ir en contra o coincidir con el sentido del giro del remolino con una fuerza 10.000 veces mayor que la que ejerce la rotación de la Tierra.
Si ahora nos figuramos una gran piscina de 125.000 litros de capacidad, que no se esté usando y, por tanto, que tenga el agua totalmente en reposo, el discurrir del agua por el remolino del desagüe se correspondería exactamente con el sentido de giro de la fuerza de Coriolis.
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Es bien sabido que hoy cualquiera puede hacer fotos muy buenas y para eso resulta un buen auxiliar el autofocus, cuyo término es la abreviatura de autoenfoque, es decir, la búsqueda de la mayor nitidez del motivo de la fotografía. Para fijar firmemente ese motivo hay que dirigir la mirada, a través del visor, a un detalle particular. La tecnología dispone en los equipos más avanzados de varios sensores que hacen superfluo colocar el objeto principal en una determinada zona del visor. La cámara puede regular por sí misma la configuración a fin de que la imagen se vea con toda nitidez. Esto lo puede hacer bien el autofocus activo o el pasivo. Con autofocus activo la cámara emite sobre el objetivo unas ondas infrarrojas o de ultrasonidos, y lo que tardan esas ondas en llegar al motivo y ser reflejadas por él hasta volver nuevamente a la cámara sirve para calcular la separación cámara-motivo. Hoy en día la forma más utilizada que sirve para medir el contraste es la de autofocus pasivo, que varía el ajuste del objetivo y vuelve a hacer una medida, repitiendo varias veces la operación hasta conseguir el máximo contraste.
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El origen de esta expresión lo encontramos en los estudiantes salmantinos de los siglos XVI al XVIII, que vestían capa negra y gorra. Al carecer de recursos y al estar lejos de sus familias, hacían uso de la picaresca para comer gratis, por ejemplo, colándose en banquetes y fiestas. Debido a su atuendo, se les reconocía fácilmente, por lo que ellos solían saludar graciosamente con sus gorras. Les llamaban capigorristas o capigorrones, en la actualidad gorrones, por obtener algo de forma gratuita a costa de otros y con cierta picardía.
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No. Se ha afirmado que los hombres son más inteligentes que las mujeres, pero es totalmente inciertas. El peso del cerebro (que en las mujeres es de unos 1225 gramos y en los hombres de unos 1375 gramos) no tiene absolutamente nada que ver con la inteligencia de su portador. En el caso de las mujeres, las células cerebrales están situadas muy cercanas unas a las otras. Lo que resulta decisivo para la inteligencia es la cantidad de células nerviosas y, sobre todo, sus conexiones, y esto es independiente del sexo.
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En los elevados edificios de oficinas y en los hoteles resulta muy corriente que en los ascensores haya colocados espejos. Esto permite controlar rápidamente nuestro aspecto exterior antes de acudir a una cita o de ir desde el departamento de perfumería hasta la sección de ropa femenina. Si se sube por las escaleras no se dispone de esa posibilidad de ceder a nuestra propia vanidad. ¿Por qué en los ascensores? El hecho de que así podamos comprobar cómo nos sienta el peinado es sólo un efecto secundario. La razón principal de la existencia de los espejos es la protección contra las personas que afean la cabina con escritos extravagantes y otras cosas similares. Se ha comprobado que el umbral de inhibición ante esta conducta aumenta cuando el potencial gamberro piensa que le están vigilando. Por eso no quieren tener la sensación de que alguien les pueda observar, y es suficiente que él mismo se vea mientras practica su actividad.
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Un prejuicio muy extendido afirma que la Humanidad se habría extinguido si los hijos los trajeran al mundo los hombres. Son como delicadas flores que no pueden tolerar el dolor. Pero no es cierto, e incluso lo pueden hacer más que las mujeres. Por una casualidad, unos científicos de la Universidad de Maguncia descubrieron que el proverbial sexo débil también era débil en cuanto se refiere al umbral del dolor. Si un investigador pincha, corta o pellizca piel, músculos o tendones, lo notan antes las mujeres que los hombres.
Los motivos son muy variados. Por un lado juega un importante papel la epidermis de la mujer. Se ocupa de que los estímulos sean antes recibidos por los receptores. En experimentos con animales quedó claro que las hormonas contribuyen a esta circunstancia. Los estrógenos, es decir, las hormonas femeninas, hacen que el organismo sea más sensible. Otra cosa muy distinta le ocurre a su adversario masculino, la testosterona, que se ocupa de mantener una serena relación con el dolor. En lo que se refiere a las torturas corporales, son válidos los clichés del tipo duro y la chica llorosa. Si los hombres y las mujeres sufren conjuntamente, los dos sexos juntos pueden aguantar más que cada uno por separado. El motivo es una simple forma de actuar que pretende impresionar a los demás, pues ni los hombres ni las mujeres quieren quedar como los más débiles.
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La opinión de los entrenadores está dividida. Unos prohíben a sus deportistas tener aventuras sexuales la noche antes de una competición importante mientras otros, en cambio, les dejan libertad. En cierto modo, los dos pueden tener algo de razón, pero la prohibición sólo parece útil en casos muy limitados. Básicamente es válido decir que los juegos amorosos, como las sesiones cortas de entrenamiento, tienen efecto sobre el organismo y durante su práctica se pierden calorías. El practicante de deporte comienza a sudar, se estimula su circulación y se eleva la frecuencia cardiaca. El sueño tras el coito suele resultar normalmente muy profundo y recuperador. Por eso, el sexo puede resultar un magnífico medio de relajación para los atletas que deben luchar con grandes dosis de nerviosismo. Pero aquí existen desventajas: la tensión acumulada y el encarnizado espíritu de lucha en algunas disciplinas pueden constituir un impedimento, en otras puede resultar una base para el éxito. Un boxeador o un deportista de equipo debería por tanto reflexionar si utilizar su agresividad con una finalidad determinada o mejor sólo en forma de relajación.
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